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LA OPOSICIÓN CONTRA EL RELOJ

ANALISIS POLITICO / POR ALBERTO QUEZADA

Hay una señal política que la oposición dominicana parece no estar leyendo con suficiente atención: el oficialismo mantiene ventaja en los sondeos de opinión aun sin haber definido su candidatura presidencial. Ese dato, por sí solo, debería provocar una reflexión estratégica urgente.

Las encuestas recientes dibujan un patrón consistente. Estudios divulgados en los primeros meses de 2026 colocan al Partido Revolucionario Moderno (PRM) en un rango cercano al 44 %–45 % de simpatía electoral, mientras que la Fuerza del Pueblo se mueve alrededor del 18 %–30 %, y el Partido de la Liberación Dominicana (PLD) se mantiene entre 13 % y 15 %.

Más allá de las variaciones propias de cada medición, la tendencia es clara: la marca oficialista sigue siendo la primera referencia política del electorado.

Desde el punto de vista del análisis político, esto no es casualidad. Los gobiernos en ejercicio suelen conservar ventajas estructurales durante los primeros tramos del ciclo electoral. Control institucional, visibilidad permanente y capacidad de agenda pública son factores que fortalecen la percepción de gobernabilidad. En ese contexto, el partido en el poder logra mantener cohesión interna mientras gana tiempo para organizar su sucesión política.

El caso dominicano refleja justamente esa dinámica. El PRM todavía no ha cerrado su proceso de definición de liderazgo para el próximo ciclo presidencial, pero la organización mantiene niveles de preferencia que superan ampliamente a los de sus competidores directos.

La oposición, en cambio, enfrenta un desafío distinto: convertir su presencia política en una alternativa creíble de poder.

La Fuerza del Pueblo ha logrado expansión territorial y presencia en sectores importantes del electorado, pero aún trabaja en consolidar una percepción mayoritaria de viabilidad electoral. El PLD, por su parte, continúa en una etapa de reorganización interna luego de la pérdida del poder, tratando de reconstruir su narrativa frente a un electorado que exige renovación.

En términos estratégicos, el problema no es únicamente la distancia en las encuestas. El problema es la velocidad política. Mientras el oficialismo administra su ventaja con relativa calma, la oposición parece avanzar a un ritmo más lento del que exige el calendario electoral.

La historia electoral dominicana muestra que las campañas no se ganan únicamente en los meses finales; se construyen en la acumulación progresiva de posicionamiento, organización y discurso.

Por eso el escenario actual plantea una advertencia clara: si el oficialismo logra mantener esta ventaja antes incluso de definir candidato, la competencia podría volverse mucho más difícil una vez que esa candidatura sea presentada y consolidada.

En política, las percepciones tempranas suelen convertirse en tendencias duraderas. Y hoy, guste o no, la percepción dominante sigue colocando al oficialismo en la delantera.

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