Por Nicolás Mateo
El gobierno del presidente Luis Abinader transita el complejo universo de las redes sociales dominicanas en un constante desafío entre la defensa de su gestión y una creciente ola de críticas que cuestionan su credibilidad. La percepción pública en plataformas como X (anteriormente Twitter), Facebook e Instagram es un campo de batalla diario donde los logros económicos y el discurso de transparencia se enfrentan a denuncias de corrupción, narcotráfico, quejas por el alto costo de la vida, los apagones, la delincuencia y demandas de mayor eficiencia en los servicios públicos.
El oficialismo, sus llamadas bocinas y sus seguidores, promueven activamente una imagen de un gobierno trabajador, transparente y enfocado en el desarrollo económico. Las cuentas gubernamentales y de figuras oficialistas destacan constantemente los indicadores macroeconómicos, como el crecimiento del Producto Interno Bruto (PIB), el aumento de las reservas internacionales, de dinero de préstamos. Proyectos de infraestructura, que nunca terminan, la expansión del turismo y los programas de ayuda social son también temas recurrentes en la comunicación gubernamental.
Funcionarios y simpatizantes del Partido Revolucionario Moderno (PRM) utilizan las redes para difundir los avances en la lucha contra la corrupción, mientras cada semana hay un escándalo de corrupción, citando el aumento en el Índice de Percepción de la Corrupción de Transparencia Internacional como un logro tangible. La narrativa se centra en la idea de un “cambio” real frente a las administraciones pasadas, buscando convencer a la gente de la credibilidad del presidente Abinader como un líder comprometido con la honestidad.
En contraparte, una fuerte corriente de opinión negativa emana tanto de la oposición política como de ciudadanos descontentos. La principal arma arrojadiza contra el gobierno es la corrupción y sus vínculos con el narcotráfico. A pesar de la narrativa del oficialismo, escándalos que involucran a funcionarios actuales o pasados del PRM son amplificados en las redes, generando un debate intenso sobre si la lucha contra la corrupción es genuina, selectiva, o simplemente un discurso. Temas como el nepotismo y el clientelismo también son denunciados con frecuencia por los internautas.
Otro de los grandes focos de crítica es la situación económica del ciudadano común. El aumento de los precios de la canasta básica, los combustibles y los servicios es una queja constante que se traduce en un sentimiento de que el crecimiento macroeconómico no se refleja en los bolsillos de la gente. Hashtags y memes que ironizan sobre el “cambio” prometido y la realidad económica del día a día son comunes en las plataformas digitales.
La inseguridad ciudadana y las deficiencias en servicios públicos como la salud, el transporte y el suministro eléctrico son también catalizadores del descontento. Los ciudadanos utilizan las redes como un canal de denuncia directa, exponiendo problemas en sus comunidades y cuestionando la capacidad de respuesta del gobierno.
El panorama se completa con la participación activa de “influencers” y líderes de opinión que, desde distintas trincheras, modelan el debate político. Figuras críticas al gobierno movilizan a sus seguidores, generando conversaciones y tendencias que a menudo marcan la agenda mediática. Del mismo modo, comunicadores y personalidades asimilados al oficialismo por la nómina, o la publicidad, defienden la gestión gubernamental y contrarrestan los ataques.
En conclusión, la imagen y la credibilidad del gobierno de Luis Abinader en las redes sociales presentan una dualidad marcada. Por un lado, existe un segmento de la población incorporada a la nómina pública, a las ayudas sociales o a la publicidad, que valora positivamente el desempeño del Gobierno de Abinader, y el discurso de transparencia. Por otro, una porción significativa de la ciudadanía digital expresa un profundo descontento por la corrupción, el vínculo del PRM al narcotráfico, el costo de la vida y la calidad de los servicios públicos. La batalla por la opinión pública en el entorno digital es intensa y definirá, en gran medida, el capital político del gobierno, y del PRM, de cara al futuro.






