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¿Consenso o secuestro en el PRM?

POR ALBERTO QUEZADA

El poder corrompe. Pero el poder sin memoria mata. Hace apenas unas horas, el Partido Revolucionario Moderno (PRM) eligió sus nuevas autoridades.

El partido que llegó al poder prometiendo enterrar el dedazo y las democracias de aclamación acaba de hacer, en esencia, exactamente eso: un reparto en frío entre las principales figuras de su dirigencia. Sin primarias, sin debate y sin una verdadera participación de las bases.

Los escogidos fueron Luis Abinader, presidente; Deligne Asención, primer vicepresidente; Juan Garrigo Mejía, secretario general; y Gloria Reyes, secretaria de Organización.

Las demás aspiraciones quedaron relegadas. A las bases solo les correspondió aplaudir.

No fue una elección. Fue una repartición de finca.

Y el mensaje que deja es brutal: el partido es de los de arriba.

Esa decisión compra paz hoy, pero puede hipotecar el futuro. Mata, primero, la militancia. Un partido donde las bases no eligen es un partido donde las bases tampoco sienten que deben defenderlo. Quedan operadores, no creyentes. Para gobernar en tiempos de bonanza, quizá sea suficiente.

Para resistir una crisis, se necesitan soldados.

En 2028, cuando Abinader ya no esté en la boleta presidencial, esa base desmovilizada puede convertirse en moneda de cambio para quien ofrezca más.

Y ahí aparece el segundo problema: la sucesión.

Al cerrar el paso a otras aspiraciones, el PRM decidió que no habrá fogueo, competencia ni construcción de legitimidad interna. Solo herederos designados en un salón.

Los partidos que cierran su baraja presidencial demasiado temprano corren el riesgo de llegar al día de la elección sin cartas nuevas. Y sin cartas nuevas, se pierde.

También se quema el discurso.

Durante dos décadas, el PRM construyó buena parte de su identidad denunciando el comité político del PLD y los acuerdos de cúpula del PRD. Ayer, sin embargo, se pareció demasiado a ambos.

En política, eso no se olvida.

Cada vez que el PRM critique al adversario por antidemocrático, alguien podrá mostrarle este episodio en la cara. Y cuando un partido pierde autoridad moral, también comienza a perder el voto independiente que lo llevó al Palacio Nacional en 2020.

El reparto garantiza gobernabilidad interna. Es eficiente. Es cómodo.

Pero también puede ser el principio del fin de los proyectos políticos que nacen prometiendo exactamente lo contrario.

El PRM eligió ser partido de gobierno antes que partido de principios. Eligió la administración sobre la institucionalidad.

Es una decisión política legítima.

También puede resultar suicida a largo plazo.

Porque en democracia los partidos no siempre mueren por los escándalos. Muchas veces mueren cuando se parecen tanto a sus adversarios que el electorado deja de encontrar una razón para cambiarlos.

Hoy el PRM se ahorró una convención.

Mañana podría estar ahorrándose su futuro.

La historia dominicana es terca: a quien traiciona su origen, tarde o temprano, el origen le pasa factura.

El autor es periodista y magíster en Derecho y Relaciones Internacionales. Reside en Santo Domingo.

quezada.alberto218@gmail.com

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