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La imagen de Abinader después de Senasa

POR ALBERTO QUEZADA/ ANALISIS POLITICO 

El caso Senasa marca un antes y un después en la imagen pública del presidente Luis Abinader. No por el monto de los pasivos, ni únicamente por las irregularidades denunciadas, sino porque toca el núcleo más sensible de su proyecto político: la credibilidad moral del cambio prometido.

Senasa no es una institución cualquiera. Es uno de los pilares sociales del Estado, vinculada directamente a la salud, a la supervivencia y a la dignidad de millones de dominicanos. Cuando una entidad de ese nivel entra en crisis financiera, administrativa o reputacional, el impacto trasciende lo técnico y se convierte en un problema político de primer orden. Y ese impacto hoy recae, inevitablemente, sobre el presidente.

Hasta antes de Senasa, Abinader podía sostener una narrativa defensiva: los casos de corrupción pertenecían al pasado o eran hechos aislados. Senasa rompe ese esquema. Ya no se trata de herencias incómodas, sino de una institución emblemática bajo su administración, y eso cambia radicalmente la percepción pública.

El daño a la imagen presidencial no proviene solo del problema en sí, sino de la reacción del Gobierno. La respuesta ha sido lenta, fragmentada y carente de una voz política clara desde la Presidencia. En un gobierno que se vendió como transparente, el silencio no es prudencia: es una señal de debilidad. Y la debilidad, en política, se paga caro.

La ciudadanía no está pidiendo discursos técnicos ni balances contables. Está pidiendo certezas. Quién falló. Cómo falló. Y qué consecuencias habrá. Mientras esas respuestas no llegan con contundencia, la percepción que se instala es peligrosa: que Senasa se ha convertido en una zona gris dentro del “gobierno del cambio”.

Este episodio también desnuda una contradicción mayor. Abinader construyó su liderazgo sobre la idea de que el problema del país no era solo la corrupción, sino la tolerancia frente a ella. Hoy, esa tolerancia parece haber encontrado límites difusos cuando el escándalo toca estructuras propias. Eso no implica culpabilidad directa, pero sí responsabilidad política.

Después de Senasa, la imagen del presidente ya no es la del gobernante blindado moralmente. Es la de un mandatario cuestionado, observado con desconfianza y sometido a un escrutinio más severo. Para muchos ciudadanos, el “presidente distinto” comienza a parecerse peligrosamente a sus antecesores: no por lo que hace, sino por lo que permite.

Aún le queda margen de maniobra. Pero ese margen es corto y costoso. Si el caso Senasa no produce consecuencias visibles, sanciones claras y una rendición de cuentas creíble, el daño a la reputación de Abinader será estructural, no coyuntural.

Senasa no es un escándalo más. Es el punto donde la narrativa del cambio se enfrenta a la realidad del poder. Y, por primera vez desde 2020, la balanza no juega claramente a favor del presidente.

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