POR ALBERTO QUEZADA
En mayo de 2024, el PRM parecía haber alcanzado una posición inexpugnable en la política dominicana. Ganó con más del 57 % de los votos, dominó el Senado y dejó a la oposición fragmentada, sin capacidad real de competir.
Desde el oficialismo se proyectaba una imagen de estabilidad y continuidad; desde la oposición, predominaba la percepción de que el mapa político había quedado definido por muchos años.
Sin embargo, el poder tiene una fragilidad silenciosa: comienza a desgastarse mucho antes de que sus dirigentes logren percibirlo.
La reciente encuesta Gallup-Diario Libre sitúa al PRM en apenas 30.4 % de simpatía partidaria. La caída —de casi veinte puntos en poco más de un año— no puede interpretarse como una simple fluctuación estadística. Representa una señal de desgaste prematuro y de creciente desconexión entre el gobierno y parte del electorado que lo llevó al poder.
En realidad, esa fragilidad existía desde el inicio. Aunque el oficialismo celebró una victoria aplastante, el PRM obtuvo por sí solo el 48.53 % de los votos; el resto provino de una amplia coalición de partidos aliados. Aquella victoria era más amplia que sólida.
La política demuestra que las alianzas ayudan a ganar elecciones, pero no necesariamente construyen lealtades permanentes.
El dato más inquietante de la encuesta no es únicamente el descenso del PRM, sino el crecimiento del desencanto ciudadano. Un 23.5 % de los encuestados afirma no simpatizar con ningún partido político.
Ese segmento representa hoy el verdadero centro electoral del país: votantes menos ideológicos, más críticos y profundamente decepcionados de la oferta política tradicional.
Mientras tanto, la oposición comienza a recuperar terreno. Fuerza del Pueblo y el PLD aparecen prácticamente empatados y, sumados, superan al oficialismo. Incluso dentro del PRM ya se percibe una transición silenciosa hacia nuevos liderazgos.
La encuesta deja una advertencia clara: el PRM todavía gobierna el país, pero ya no domina el ánimo nacional con la misma fuerza. Y en política, cuando la confianza comienza a erosionarse, el tiempo avanza mucho más rápido que el calendario electoral.
El autor es periodista y magíster en Derecho y Relaciones Internacionales. Reside en Santo Domingo.





