Por Alberto Quezada
No todo el que habla merece un titular. No toda declaración amerita un micrófono. Y no todo personaje que acumula seguidores en las redes sociales merece el privilegio de marcar la agenda pública.
Sin embargo, una parte del periodismo dominicano parece haber renunciado a una de sus responsabilidades esenciales. Ha sustituido el rigor por el algoritmo, la investigación por el espectáculo y el criterio editorial por la obsesión del clic.
Hoy, cualquier provocación se convierte en noticia si garantiza audiencia, aunque provenga de figuras cuya credibilidad ha sido ampliamente cuestionada o cuyo historial esté marcado por la desinformación, la confrontación o el escándalo. Eso no es periodismo; es la comercialización de la indignación.
La libertad de expresión no obliga a los medios de comunicación a amplificar cualquier disparate. Su responsabilidad no es servir de altavoz a quienes hacen de la controversia un modelo de negocio, sino verificar los hechos, aportar contexto y contribuir a un debate público informado.
Cuando un comunicador o un dirigente político convierte la mentira en estrategia, el escándalo en mercancía y la polarización en combustible para ganar relevancia, el periodista no puede limitarse a reproducir sus declaraciones como si fueran una opinión más dentro del mercado de las ideas. Hacerlo significa otorgar legitimidad a la manipulación bajo el prestigio de un medio de comunicación.
El riesgo es aún mayor en una sociedad donde una parte importante de la ciudadanía consume información en formatos cada vez más breves y acelerados. En ese escenario, el impacto emocional suele imponerse sobre la evidencia y la viralidad desplaza al pensamiento crítico.
El periodismo no está llamado a censurar, pero sí a ejercer criterio. No es un amplificador automático ni una lavandería de reputaciones. Su deber consiste en distinguir los hechos del ruido, la información de la propaganda y el interés público del simple negocio del escándalo.
Cada vez que una redacción convierte una provocación en portada sin ofrecer contexto, verificación ni contraste, incumple su función social. Y cada vez que el periodismo deja de ser un filtro de la verdad para convertirse en el eco de la estridencia, la democracia pierde una de sus defensas más importantes.
Porque el mayor enemigo de la libertad de prensa no siempre es la censura. En ocasiones, es un periodismo que olvida su razón de ser y termina arrodillándose ante el algoritmo.






