Por ALBERTO QUEZADA
El autor es periodista. Reside en Santo Domingo.
Omar Fernández tiene futuro. Pocos lo discuten. Es joven, comunica bien, proyecta una imagen moderna, conecta con las nuevas generaciones y posee un apellido con un peso político indiscutible. Sin embargo, la pregunta que muchos evitan formular sigue siendo válida: ¿por qué tanta prisa para impulsarlo hacia la Presidencia de la República en 2028?
Todavía faltan más de dos años para las próximas elecciones presidenciales. Luis Abinader continúa gobernando y el país enfrenta desafíos económicos, sociales e institucionales que requieren atención. Aun así, desde distintos sectores de la oposición, especialmente dentro de la Fuerza del Pueblo, el nombre de Omar Fernández comienza a posicionarse como la principal apuesta presidencial.
La interrogante es inevitable: ¿se trata de una candidatura basada en experiencia y capacidad demostrada o en una necesidad política de renovar liderazgos a toda velocidad?
Ser senador del Distrito Nacional constituye un importante logro político, pero no equivale a dirigir un Estado. Gobernar la República Dominicana implica tomar decisiones complejas y, muchas veces, impopulares. Significa administrar crisis, manejar relaciones internacionales, negociar con organismos financieros, enfrentar problemas de seguridad, energía, migración y desarrollo económico.
Hasta ahora, Omar Fernández no ha dirigido una alcaldía, no ha administrado un ministerio de gran dimensión ni ha estado al frente de una estructura gubernamental que implique miles de empleados y presupuestos multimillonarios. Tampoco ha tenido que asumir responsabilidades ejecutivas donde un error pueda afectar directamente la vida de millones de ciudadanos.
Esto no constituye una crítica personal. Es simplemente una realidad cronológica. La experiencia política se construye con el tiempo; no se hereda junto con el apellido.
La insistencia en promoverlo desde ahora parece responder a tres factores fundamentales.
Primero, la necesidad de garantizar la continuidad de un liderazgo dentro de la Fuerza del Pueblo. Leonel Fernández sigue siendo la principal figura de esa organización, pero el partido necesita proyectar una nueva generación con posibilidades reales de competir en el futuro.
Segundo, el valor político de una marca conocida. El apellido Fernández conserva un importante nivel de reconocimiento electoral y moviliza a una parte significativa del electorado. Sin embargo, también genera resistencias entre quienes rechazan cualquier percepción de continuidad familiar en la política.
Y tercero, la equivocada idea de que una campaña electoral puede sustituir la experiencia de gestión. La realidad demuestra lo contrario. La presidencia no debe ser un espacio de aprendizaje. Quien llegue al Palacio Nacional debe hacerlo con la mayor preparación posible.
Las comparaciones con Leonel Fernández tampoco favorecen el debate. Son contextos distintos. Leonel construyó su liderazgo durante décadas de militancia, formación política y conocimiento del funcionamiento del Estado antes de alcanzar la Presidencia en 1996.
Omar Fernández apenas comienza a recorrer su propio camino.
Y precisamente ahí radica una de sus mayores fortalezas: el tiempo. Con apenas 34 años, tiene por delante una carrera política amplia para acumular experiencia, asumir nuevas responsabilidades y consolidar un liderazgo propio, más allá de cualquier herencia política.
Puede dirigir instituciones de mayor complejidad, gestionar proyectos de gran impacto nacional y demostrar capacidad ejecutiva antes de aspirar a la máxima responsabilidad del Estado.
La República Dominicana enfrenta desafíos demasiado importantes para convertir la Presidencia en una apuesta basada exclusivamente en popularidad, imagen o expectativas.
El carisma abre puertas. La preparación permite gobernar.
Omar Fernández tiene condiciones para seguir creciendo políticamente. Lo conveniente para él y para el país es que ese crecimiento ocurra al ritmo que exige la experiencia, no al ritmo de las urgencias partidarias.
Porque gobernar una nación no consiste en parecerse a un líder. Consiste en estar preparado para ejercer el liderazgo cuando llegue el momento.






