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La Patria no es un botín político

Por Alberto Quezada

Febrero llega con su desfile de banderas en balcones y solapas que, de repente, se visten con el tricolor nacional. Es el llamado “Mes de la Patria”, esa temporada en la que el fervor oficial se multiplica… y el cinismo político alcanza su punto más alto.

Mientras los líderes partidarios se turnan para depositar ofrendas florales ante el Altar de la Patria, el ciudadano común observa con una mezcla de hastío y desencanto. Cabe preguntarse: ¿qué celebran exactamente quienes han convertido la administración pública en una finca privada?

Es momento de hablar sin rodeos. El patriotismo declamado por muchos dirigentes es, en gran medida, una estrategia de mercadeo. Invocan el nombre de Juan Pablo Duarte, pero sus prácticas cotidianas contradicen el ideario duartiano.

Duarte defendió la ley como norma suprema a la que deben someterse gobernantes y gobernados. Hoy, sin embargo, presenciamos cómo la ley se estira y se acomoda al antojo del poder de turno o del financista de campaña.

En este aniversario de la Independencia, la soberanía que urge defender no es solo la territorial, sino la institucional. La patria se traiciona cuando la justicia es secuestrada para garantizar impunidad. Se traiciona cuando el presupuesto se desvía para alimentar un clientelismo rancio que mantiene a la ciudadanía dependiente de dádivas, en vez de emanciparla mediante educación y oportunidades reales.

¿Con qué autoridad moral se habla de libertad mientras se perpetúan la inseguridad y el miedo? ¿Cómo se invoca el trabucazo de Matías Ramón Mella mientras la corrupción desangra hospitales y escuelas?

El enemigo de la República no viste uniforme extranjero. Viste saco y corbata. Se sienta en las cámaras legislativas y firma decretos desde oficinas climatizadas, anteponiendo el color de sus siglas al azul y rojo de la bandera.

A la clase política le corresponde entender que la patria no es un botín para repartir entre aliados. Ser dominicano no es un discurso que se desempolva en febrero. Si la ambición pesa más que la integridad, al menos tengan el decoro de no mancillar el mármol donde reposan los Fundadores.

La historia no recordará campañas publicitarias ni vallas luminosas. Recordará —con severidad o con gratitud— quiénes honraron la esperanza de un pueblo que aún aguarda que la política deje de ser un mecanismo de saqueo y se convierta, por fin, en un auténtico acto de servicio.


El autor es periodista y magíster en Derecho y Relaciones Internacionales. Reside en Santo Domingo.

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