ANALISIS GEOPOLITICO / POR ALBERTO QUEZADA
La relación entre Estados Unidos y Venezuela atraviesa uno de sus momentos más tensos en la última década. Con la crisis política interna, las acusaciones de narcotráfico contra Nicolás Maduro y la intensificación de las operaciones navales estadounidenses en el Caribe, la posibilidad de una intervención vuelve a ganar espacio en el debate público. Sin embargo, no todas las formas de acción militar tienen la misma probabilidad ni los mismos costos.
El primer escenario, y el más probable, es la interdicción marítima y los ataques selectivos. Desde hace meses, Washington ha reforzado su presencia naval en aguas cercanas a Venezuela, interceptando embarcaciones vinculadas al tráfico de drogas. Estas operaciones cuentan con justificación legal en la lucha contra el crimen transnacional, son relativamente simples desde el punto de vista táctico y no requieren una inversión militar masiva. Su probabilidad de continuidad es alta, ya que permiten ejercer presión sin comprometer a gran escala a las fuerzas estadounidenses.
En segundo lugar, con una probabilidad media-alta, se ubican las operaciones especiales encubiertas o dirigidas. Las acusaciones judiciales contra Maduro y figuras cercanas crean incentivos para capturas específicas o neutralizaciones puntuales. Estas acciones podrían ejecutarse mediante fuerzas especiales o con la colaboración de actores internos, y aunque implican riesgos de escalada, son opciones que Washington podría considerar para mostrar capacidad de acción sin recurrir a una guerra abierta.
Un tercer escenario es la imposición de bloqueos selectivos o medidas de presión militar indirecta, como el control parcial de puertos o espacio aéreo. Aunque viables desde el punto de vista operativo, estas acciones tendrían un costo político elevado, pues serían percibidas como actos de guerra. Su probabilidad es intermedia y dependerá de la evolución de la crisis política, especialmente en materia de legitimidad electoral.
Más abajo en la escala de posibilidades se encuentra la intervención terrestre limitada. Una operación de desembarco quirúrgico para capturar líderes o destruir infraestructura podría considerarse, pero enfrentaría dificultades serias: el terreno venezolano, la existencia de milicias armadas y la posibilidad de bajas norteamericanas. Además, su impacto diplomático sería considerable. Por estas razones, la probabilidad se mantiene baja.
Finalmente, la opción más extrema, una invasión a gran escala u ocupación prolongada, es poco menos que inviable. A pesar de la retórica política, Estados Unidos tendría que enfrentar la falta de mandato internacional, el rechazo de gobiernos de la región y los altos costos económicos y humanos. La experiencia negativa de intervenciones prolongadas en otras partes del mundo también actúa como factor disuasivo. Su probabilidad es muy baja.
En conclusión, lo que se vislumbra no es una guerra abierta ni una ocupación militar, sino una estrategia de presión focalizada y sostenida. Estados Unidos seguirá utilizando operaciones marítimas, ataques selectivos y sanciones diplomáticas para mantener bajo presión al gobierno de Maduro. El camino de la invasión luce improbable; lo más realista es un escenario de acciones limitadas que, sin escalar a un conflicto total, sí condicionen de manera significativa la dinámica política y de seguridad en Venezuela y en la región.






