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Quirino reaparece: Eco de un narcoestado en la política dominicana

ANÁLISIS POLÍTICO | Por Alberto Quezada]

La reciente reaparición pública de Quirino Ernesto Paulino Castillo, excapitán del Ejército y confeso narcotraficante, ha sacudido nuevamente los cimientos del debate político nacional. En un país marcado por una historia de vínculos turbios entre crimen y poder, sus declaraciones no solo reabren viejas heridas, sino que actualizan los temores sobre la vigencia de prácticas oscuras dentro del sistema.

Desde Baní, Paulino Castillo se autoproclamó “padre de todos los capos”, en una afirmación que, más allá del escándalo, actúa como un espejo de la fragilidad institucional. La gravedad de su confesión contrasta con la impunidad con la que se expresa, sin consecuencias judiciales ni políticas inmediatas, lo que pone en entredicho el verdadero alcance del Estado de derecho en la República Dominicana.

La denuncia de que el Ministerio de Obras Públicas destruyó el acceso a su propiedad, supuestamente por orden de un exabogado ahora funcionario del gobierno, añade un elemento inquietante: el uso del poder público como arma de represalia personal. Paulino Castillo no solo acusa directamente a Félix Damián Olivares Grullón, sino que vincula esta acción con el expresidente Leonel Fernández, a quien señala como parte de una supuesta conspiración en su contra durante su encarcelamiento en EE. UU.

Este escenario plantea varias interrogantes estratégicas para el sistema político:

¿Qué tan profundas son las raíces del narcotráfico en el poder político nacional?

¿Existe una voluntad real de las élites dominicanas para cortar estos lazos?

¿Quién gana y quién pierde con la reaparición de Quirino?

El silencio institucional ante estas denuncias podría interpretarse como complicidad o temor. En contraste, una investigación transparente y decidida enviaría un mensaje de renovación ética. Pero hasta ahora, reina la ambigüedad.

La sociedad, por su parte, observa con escepticismo. Muchos ven en Quirino una figura que, pese a su prontuario, parece operar con una libertad que ciudadanos comunes jamás tendrían. Su aparición reaviva el cinismo político: la sensación de que la justicia solo se aplica según conveniencia.

Conclusión: La voz de Quirino no es solo la de un exconvicto, es la de un sistema que aún no ha cerrado cuentas con su pasado. Su retorno al debate público no debería ser espectáculo, sino catalizador de una revisión profunda del vínculo entre poder, impunidad y crimen organizado.

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