POR ALBERTO QUEZADA/ ANALISI NOTICIOSO
SANTO DOMINGO. — A más de la mitad de su segundo periodo, el gobierno del presidente Luis Abinader atraviesa un momento definitorio. Lo que en su primer mandato fueron promesas de cambio, lucha contra la corrupción y manejo eficiente de crisis externas —como la pandemia— se ha transformado hoy en un escenario mucho más complejo, lleno de rachas que impactan simultáneamente lo económico, lo social, lo institucional y lo internacional.
Este reportaje analiza en profundidad estas rachas, entendidas no como simples tropiezos, sino como tensiones estructurales que están delineando el cierre de su gobierno y que, en muchos casos, podrían determinar la forma en que la historia evalúe su paso por el poder.
Racha económica
El Ministerio de Economía defiende con cifras el crecimiento del PIB, la llegada de inversión extranjera y el dinamismo del turismo, pero las presiones sobre la sostenibilidad fiscal son una realidad difícil de ignorar.
La deuda pública creció de manera constante, impulsada por los gastos heredados de la pandemia, subsidios energéticos y políticas anticrisis. Este aumento se da mientras:
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El gasto corriente continúa desplazando a la inversión.
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Se posponen reformas estructurales por costo político.
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Los ingresos fiscales siguen siendo insuficientes para la demanda social.
Los intentos fallidos de avanzar con una reforma tributaria integral dejaron al descubierto un dilema central en esta racha:
cómo financiar un Estado que promete modernización y asistencia social sin cargar más a una población desgastada por la inflación y los aumentos del costo de vida.
Racha migratoria
La crisis en Haití y el colapso de sus instituciones empujaron al gobierno dominicano a adoptar medidas inéditas.
El discurso oficial habla de “defensa de la soberanía”, “orden”, “seguridad” y “sostenibilidad fronteriza”. Pero esa narrativa ha venido acompañada de decisiones altamente controvertidas:
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Controles más rigurosos en hospitales y centros de maternidad.
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Operativos de deportación con cifras históricas.
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Construcción de un muro fronterizo sin precedentes.
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Restricciones migratorias calificadas de excesivas por organizaciones humanitarias.
Esta racha migratoria ha tenido dos efectos simultáneos:
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Internamente, ha fortalecido el apoyo de sectores nacionalistas, empresariales y comunitarios que reclaman control.
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Externamente, ha generado tensiones diplomáticas, críticas de ONG internacionales y reportes periodísticos que cuestionan el trato a migrantes y la proporcionalidad de las medidas.
La pregunta que subyace es si esta política representa una estrategia temporal ante una crisis regional o si se está configurando un nuevo paradigma migratorio de largo plazo con costos reputacionales para el país.
Racha social
Mientras el gobierno promueve los avances en seguridad social, asistencia estatal, obras viales y ampliación de servicios, la percepción social no crece al mismo ritmo.
Hay factores que alimentan la tensión:
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Altos costos de la canasta familiar.
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Aumento de precios en educación, transporte y servicios.
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Salarios que no compensan la inflación acumulada.
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Sectores vulnerables que no sienten los efectos del crecimiento económico.
Para analistas consultados, esta racha social es especialmente delicada porque toca la fibra más sensible del ciclo político: la expectativa de bienestar.
Muchos dominicanos sienten que “la economía crece, pero no les llega”.
Esto crea un divorcio entre el discurso gubernamental y la experiencia real de una parte significativa de la población.
Racha institucional
Uno de los pilares del primer mandato de Abinader fue su ofensiva contra la corrupción.
La independencia del Ministerio Público, los casos judiciales de alto perfil y las reformas orientadas a la transparencia generaron expectativa de transformación.
Sin embargo, en esta segunda etapa surgen otras dinámicas:
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Persistencia de prácticas clientelares en instituciones descentralizadas.
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Retrasos en proyectos estructurales.
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Fragmentación entre agencias públicas que dificulta la ejecución.
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Denuncias de debilidades regulatorias que quedaron expuestas tras tragedias recientes.
Aunque el país ha subido en indicadores de transparencia, el ciudadano común percibe que la burocracia sigue siendo pesada, lenta y en ocasiones contradictoria con el discurso oficial.
Racha de tragedias
Los gobiernos se evalúan en su capacidad para prevenir, responder y aprender de las crisis.
En los últimos años, la administración Abinader enfrentó episodios que marcaron profundamente la memoria pública:
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Desastres por lluvias e inundaciones.
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Colapsos de estructuras en zonas urbanas.
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Accidentes masivos con interrogantes sobre permisos y fiscalización.
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Fallas en la supervisión de establecimientos con alta afluencia.
El caso del colapso del centro de entretenimiento Jet Set —con cientos de fallecidos— expuso distintos niveles de responsabilidad pública y privada.
Más allá del dolor humano, el episodio dejó al descubierto un sistema de inspección vulnerable, protocolos inciertos y el desafío de garantizar estándares de seguridad en un contexto de urbanización acelerada.
Cada crisis alimenta una misma interrogante:
¿se está fortaleciendo la capacidad preventiva del Estado o se responde solo después del daño?
Racha política
A pesar de las tensiones, Abinader mantiene gobernabilidad gracias a:
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Control del Congreso.
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Alto nivel de aprobación comparado con la región.
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Estructura partidaria fortalecida.
Sin embargo, el desgaste es visible.
Sectores aliados reclaman mayor eficiencia.
La oposición empieza a capitalizar las grietas.
Y la ciudadanía, más informada y más crítica, no concede el mismo margen político que en los primeros años.
El presidente entra en una etapa donde cada decisión será examinada, cada error amplificado y cada acierto exigido como obligación.
Conclusión
Las rachas del gobierno de Luis Abinader no son solo eventos aislados: forman un patrón de tensiones simultáneas en lo económico, lo social, lo institucional, lo migratorio y lo político.
El mandatario enfrenta ahora la prueba más exigente de su gestión:
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Sostener la estabilidad macroeconómica sin agotar a la población.
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Mantener orden fronterizo sin aislar al país internacionalmente.
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Cosechar avances institucionales sin perder capacidad operativa.
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Gestionar crisis sin que estas erosionen la confianza pública.
El cierre de su gobierno estará determinado por su habilidad para convertir estas rachas en puntos de inflexión positiva… o por el riesgo de que se acumulen en su contra.






